Bonjour Tristesse

Recibo los buenos días a raquetazos de la Ser con el conflicto vasco. A gatas maulladoras “Quiero, quiero, quiero. Ya. Que quiero comer… Pero ya.”. No me considero de mal despertar, pero ¡soy de carne y hueso! Voy a implosionar en 10, 9, 8, 7, 6…

Diez minutos después solo tengo frío y cosas que hacer, yo misma estoy rompiendo el silencio brindado a portazo nervioso y taza de Friskies. Pensando “Buena suerte, Tú”. ¿Así empezarán todos mis días de ahora en adelante? ¿A partir de hoy hablaré sola mucho?

Escribo esta lista:

  • Farmacia
  • Trabajo de clase (reinstalar tarjeta de sonido en el Mac)
  • Más trabajo de clase
  • Lavar platos
  • Más limpiar

¿Y qué haré para comer? Comer sola solía ser la excepción. Por ello solía saltarme la comida, o comer un pedazo de pan, un trozo de queso, un tomate, una manzana. Los solteros cocinan para uno, pero yo no sé ni para qué cocino: para mi almuerzo, para su cena quizás. Tampoco es que sea tan importante. Escuchando a Dominique A la mañana se ha teñido de drama. Voy por el quinto tema de L’Horizon y me he quedado así; mirando hacia la nada con urgencia y desconfort, con la barbilla apoyada sobra la mano izquierda y con la derecha sobre el teclado. Es ese desdén francés que los americanos consideran tan atractivo y tan poco productivo a la vez. “¿En qué estará pensando Jean Paul Belmondo?” dice uno para sí. “Odio a Godard,” dice otro, condenando la pérdida descarada de metraje sobre el segundero.

Así es como me desperté y como, despierta, me quedé dormida.

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